sábado, 30 de agosto de 2014

Revolver los Beatles con la genial y maldita dinastía de los Buckley

El sueño es bueno. La muerte es mejor. Pero lo mejor de todo sería no haber nacido

La cita es de aquel “compañero de pupitre caído” que me propuso A hard day’s night como el mejor disco de los Beatles. Una triste sentencia que forma parte de una historia triste. Se trata de la que nos cuenta mi buen amigo Gabriel Villota en su novela “Destellos en el agua”. Las conmovedoras pinceladas que dibujan a Marco, nuestro compañero de clase, un guitarrista excepcional para la edad que teníamos en los 70, están entrelazadas con las biografías de Tim y Jeff Buckley. Todos ellos parecían estar ausentándose de sus mundos, como huyendo de algo, de alguien, quizás de sí mismos. Hasta encontrar en la muerte prematura una especie de liberación.

Tim Buckley (1947-1975) fue un músico estadounidense de rock vanguardista extraordinariamente ecléctico y con una gran voz. Murió de una sobredosis de heroína y alcohol. En junio de 1967 grabó su segundo álbum Goodbye and Hello para el que es fotografiado en Central Park por Linda Eastman, mientras casualmente, en el mismo año, el futuro marido de la fotógrafa publicaba “Hello, Goodbye”. Uno de los seguidores de Tim Buckley era el mismísimo George Harrison, quien ese mismo año de 1967 se lo recomendó vivamente a Brian Epstain. Lamentablemente, Brian, como es sabido, perdería la vida poco después por una sobredosis de somníferos. Pasaron muchas cosas en ese 1967.

Tim tuvo un hijo con Mary Guibert, una mujer gran amante de los Beatles. Jeff Buckley (1966-1997) heredó las portentosas aptitudes de su padre exhibiendo en sus interpretaciones un impresionante registro vocal. Su talento musical se hace patente en el álbum de culto Grace (1994), una obra maestra que siempre ha recibido elogios de Paul McCartney, entre otras grandes figuras. Su versión del Hallelujah de Leonard Cohen probablemente sea lo más conocido de este músico de voz apabullante y gran talento como guitarrista.

Jeff Buckley se lanzó vestido y cantando al rio Wolf (Memphis) a un canal del Mississippi, donde pereció ahogado en una especie de bautismo iniciático que, paradójicamente, le llevó a la muerte. Parece inevitable que su leyenda incorpore especulaciones sobre la posibilidad de que su intención fuera quitarse la vida. Marco la perdió tras una ingesta masiva de su propio antidepresivo. Otra paradoja cruel e irónica,… mientras mi guitarra llora.









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